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No cabe duda que el cine es una de las artes que nos permiten conectarnos hacia otros mundos, implica el poder viajar a latitudes a las que vivimos cotidianamente. Tres películas en una tarde-noche como un goce privilegiado que la vida es algo más de aquello que representa. Tres películas de tres países, cada una de ellas con una carga de creatividad y buena cinematografía. "Maléfica" de Robert Stromberg una fantasía reelaborada de la villana del popular cuento "La bella durmiente", una villana que es espléndidamente caracterizada por Angelina Jolie y que aparece dulcificada, para llamar la atención que el mal absoluto no existe y que suele tener una solución, cuando los buenos sentimientos afloran.
Una producción de los estudios de Walt Disney con los parámetros de calidad que nos tienen acostumbrados.
En otra tesitura, con una buena dosis de perversidad "Joven y bella" de Francois Ozon, que en cierto modo es una reelaboración de "Bella de día" de Buñuel con dosis de "Lolita" de Nabokov, una joven de 17 años que se prostituye con hombres mayores por el placer de hacerlo.
El director francés maneja un sutil erotismo y nos entrega un filme que fluye y que nos remite al lado más oscuro de la condición humana, es sumamente gozosa la breve secuencia donde aparece la experimentada y gran actriz Charlotte Rampling, Ozon se reafirma como uno de los mejores cineastas franceses de la actualidad.
Y finalmente un tributo amoroso de Beto Gómez con su película "Volando bajo" (en la imagen), el director tapatío con un dejo de nostalgia homenajea a los ídolos del pueblo a través de los Jilgueros de Rosarito, un dueto que se entrega en la música y que tiene una gran acogida del pueblo.
El filme se mueve entre la ficción y el documental, los videoclips para mostrarnos a un Chuyín, estupendo Gerardo Taracena en su primer protagónico que desde París, lamenta la muerte de su compañero de andanzas artísticas.
También es de destacarse la breve intervención de Rafael Inclán como el abuelo que inculca en Chuyín el goce de la vida. "Volando bajo" es un cine sencillo y popular, que a decir de Rafael Aviña nos remite a las cintas de Ismael Rodríguez.
Cinépolis Galerías Cuernavaca fue la sede de esta triple jornada cinéfila, que se vale repetir de vez en vez.
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El Tokio de los 60 es el escenario de la segunda novela de Haruki Murakami, intitulada "Tokio blues, Norwegian Wood" que es narrada por Toru Watanabe su protagonista. Estamos ante una novela que es el retrato de una educación sentimental, en una ciudad que vibra con el movimiento estudiantil y con una serie de protestas ante el orden establecido.
Esta novela desde su publicación en 1987 ha tenido varias reediciones, en un inicio Murakami publicó fragmentos en el cuento "Luciérnaga" que pertenece al libro "Sauce ciego, mujer dormida". Watanabe oscila en sus sentimientos entre dos mujeres Naoko, novia de Kizuki, su mejor amigo, éste último terminará suicidándose. Naoko es misteriosa e introvertida y tiene una vida emocional sumamente agitada y con la alegre y súper sociable Midori, que hará que el joven valore la intensidad de los sentimientos.
Murakami nos entrega una bella novela con varias referencias teatrales como de los trágicos griegos o de Teneesee Williams; literarias como "El gran Gatsby" de Fitzgerald, la novela favorita de Watanabe que relee a cada rato y por supuesto a los Beatles "Norwegian Wood" es una canción escrita por John Lennon y Paul Mc Cartney.
El autor japonés con acierto penetra en las profundidades de la naturaleza humana en una atmósfera donde prevalecen el desasosiego y la nostalgia. "Tokio blues" es una novela entrañable, altamente recomendable para su lectura.
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"PERO YO NO PUEDO"
Poema de W. H. Auden (versión libre de Perla Schwartz)
El tiempo no dice nada, pero yo te diré,
solo el tiempo sabe el precio que hay que pagar
si pudiera decirtelo, te lo dejaría saber.
Si nosotros chifláramos cuando el payaso empieza su show,
si nos emocionáramos cuando tocan los músicos,
el tiempo no diría nada, pero yo te lo comentaría.
No hay fortunas a ser expresadas
porque yo te amo, más de lo que yo te puedo decir,
si pudiera expresartelo, te lo haría saber.
Los vientos vienen de donde soplan,
sé que deben haber razones,
el tiempo no expresa nada pero yo te lo diría.
Tal vez las rosas quieran crecer,
seriamente la visión intenta estar
si yo te lo diría te lo haría saber.
Supón que los leones marchen en estampida
y todos los soldados corran
¿Acaso el tiempo lo expresaría?
Si yo pudiera te lo haría saber.
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Una potente fotografía de María Secco preside a "La jaula de oro", el filme de Diego Quemada-Diez que narra con objetividad el viaje de tres jóvenes en La bestia, el tren que conduce a los migrantes que van a la búsqueda del sueño americano, cinta que arrasó en la premiación de los Arieles el día de ayer con 8 de las 14 estatuillas a que se encontraba dominada.
Estamos ante una película cruda y amarga que se despliega con gran naturalidad, donde se desvanece esa tenue frontera entre ficción y documental, cinta de denuncia donde afloran la amistad y la solidaridad entre Chauk (Rodolfo Domínguez), chico de origen indígena, Jim (Brandon López) y Sara (Karen Martínez) quien pasa disfrazada de hombre.
Película contemplativa donde el agreste paisaje se confunde con la angustia que viven los pasajeros de un viaje incierto donde impera la soledad, el miedo, la trata de blancas, el nexo con narcotraficantes quienes buscan sacar la mejor partida de gente indefensa, a expensas de lo que pueda venir.
"La jaula de oro" ganó el Ariel a la mejor ópera prima y no podía ser de otra manera por la sensibilidad con que está realizada, salta los ojos de ternura de Quemada-Diez hacia sus atribulados personajes.
Es una cinta realizada con gran sensibilidad, donde también colaboraron en el guión además del director, Lucía Carreras y Gibran Portela, la sencillez es la directriz para mostrar una crónica que duele y que es apenas un microcosmos de la dura jornada de los migrantes. "La jaula de oro" muestra que en México hay talento para el cine.
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Tras cinco años de no dirigir teatro regresa Ignacio Ortiz con la versión teatral de "Sonata de otoño" de Ingmar Bergman (1918-2007). Estamos ante una puesta en escena sumamente pulcra y puntual que nos remite a los rencores en familia, el saber vivir es lograrlo conciliar con una buena dosis de dolor. Charlotte (una Patricia Marrero, un tanto epidérmica) es una concertista de talento, pero es tan ególatra que se olvidó de ocuparse de Eva, su hija (una magistral Aída López), cuando llega a visitarla surgirá una fuerte batalla verbal entre ambas donde resaltará una relación de amor odio que se erige como un nudo gordiano difícil de ser desatado y como testigo casi silente, en una actitud contemplativa estará Víktor (José Carlos Rodríguez) un humilde pastor que es el esposo de la hija.
Complementa el reparto la joven Diana Ávalos, la segunda hija, atada a una silla de ruedas, a su ser minusválido. Con mínimos elementos escenográficos, una pasarela de madera, un piano y unas copas de vino transcurre "Sonata de otoño" donde la hija deducirá que su madre es absurdamente extraña. Las piezas musicales de Chopin, y Bartok entre otros nos remiten a las emociones que se translucen en el duelo verbal de madre e hija.
Ignacio Ortiz entiende muy bien el universo de Bergman, ya lo había mostrado con su anterior puesta en escena de "Saraband"; "Sonata de Otoño" que se presenta hasta el próximo 15 de junio en el Teatro El Granero Xavier Rojas es una obra que deja en claro, que en más de una ocasión, la hija da a luz a la madre. Imperdible.
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Son suficientes poco más de 70 minutos para que el director siberiano Iván Vyripaev nos entregue en "Euforia" (2006) un poema elegíaco en torno al amor, donde el desolado paisaje ruso se convierte en un personaje más, a través de largos planos secuencias que nos remiten a la imposibilidad del romance entre Vera (Polina Agureva) y Pavel (Maskim Ushakov).
Las imágenes y la música enmarcan un filme que marca su dejo de tristeza desde que en el inicio un ciego recibe ayuda para montar en su moto, ello se convierte en una metáfora del vacío existencial de esta alegoría del amor con tintes trágicos.
Hay también unos planos interiores sumamente teatrales que le dan un mayor peso dramático a la acción, "Euforia" es de esa joyitas del cine minimalista que si bien se puede paladear. Este filme nos hace pensar en Sokurov quien para el cine es también vehículo de poesía pura.
En suma es un filme para ser degustado posesor de un extraño y atrayente acento lírico.
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Sin duda, Mario Vargas Llosa (1936) es un gran narrador, de ello dejó constancia desde sus primeras obras como: "Conversación en la catedral", "Pantaleón y las visitadoras" o en fechas más recientes con "Travesuras de la niña mala", "El paraíso en otra esquina" o "El sueño del celta".
El Premio Nobel de Literatura 2010 vuelve en "El héroe discreto" a situar la acción en su natal Perú, al tiempo que rescata a algunos de los personajes de su imaginario como son el sargento Lituma, don Rigoberto, Lucrecia y Fonchito. En casi 400 páginas que se leen casi de un tirón, por el buen armado de la historia y sus diálogos perfectos, que bien parecieran emular alguna novela ejemplar de Cervantes, asistimos a dos historias paralelas que terminan por unirse por el azar.
Una de ellas tiene por tema la extorsión y el chantaje y sucede en la provincia de Piura y tiene por protagonista a Felícito Yanaqué un microempresario de transportes, quien se deberá precisado a hallar el método para salvaguardar su honor en un momento en que su tranquilidad cotidiana se ve trastocada.
Y la segunda historia gira en torno a un astuto empresario de seguros de Lima, Ismael Carreras quien llevará a cabo un capricho de vejez, mientras que sus hijos buscarán cometerle un fraude.
Vargas Llosa nos entrega una novela fundamentada en la cotidianidad, donde exalta el sentido común, un humor agridulce permea su historia que toma prestado varios elementos del melodrama.
Felícito Yanaque se erige como ese Héroe Discreto, toda una vida honorable dedicada al trabajo, y tras ser extorsionado logrará recuperar su equilibrio. "El héroe discreto" si bien es una obra menor, su lectura es gozosa por la vertiginosidad de su acción y por estar presidida por frases tan luminosas como "Nunca te dejes pisotear por nadie."
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